El orden republicano en la ciudad de México, 1825-1829

6 mayo, 2009

Historia, Yorquinos

Este es el inicio de mi bitácora de investigación. El proyecto que estoy realizando es sobre grupos políticos radicales en la ciudad de México en la década de 1820. Se trata de un tema sobre el que otros autores ya han avanzado. En efecto, el Partido Popular no ha dejado de interesar a varios historiadores, en especial por el papel que la masonería yorquina jugó en su organización. Sin embargo, no estoy interesado en repetir lo que ya se ha dicho sobre individuos como Lorenzo de Zavala o Vicente Guerrero. En un ensayo anterior tuve la oportunidad de exponer mis principales ideas en torno al Partido Popular mexicano de la década de 1820 y mis estudiantes han dedicado tesis a esos temas, en especial porque desde que ocupé la Secretaría Académica del Instituto no he tenido mucho tiempo para continuar con mi trabajo. Esto último se debe no sólo y no tanto a las labores académico-administrativas que desempeño, sino a la próxima conmemoración bicentenaria de 2010.

Antes diré que el libro proyectado debe servirme de base para realizar una investigación en torno a las políticas radicales urbanas del decenio que empieza en 1825 en distintas ciudades americanas, desde Buenos Aires hasta Boston.

 

GachupinesAdemás de los estudios clásicos de Michael Costeloe o Torcuato S. Di Tella, las aportaciones de Sonia Pérez Toledo y de Richard Warren son una sólida base para el trabajo que pretendemos desarrollar. Sin embargo, nuestro acercamiento comparte más preocupaciones con la obra de Rafael Rojas y la de Elías Palti. En buena medida, queremos establecer un diálogo con esos autores, en torno a la participación plebeya en la política y, sobre todo, en cuanto a las muchas opciones que dejó la caída de los fundamentos trascendentes del orden político, tras la emancipación. Esto nos conduce a abordar el tema desde la perspectiva del análisis de la cultura política, entendida a la manera de Keith Michael Baker en Inventing the French Revolution, como el conjunto de discursos y prácticas simbólicas mediante las cuales los individuos y los grupos articulan su relación con el poder, elaboran sus demandas políticas y las ponen en juego. No discutiremos aquí el carácter que para muchos es excesivamente lingüístico de esta definición, pues habrá oportunidad de discutirlo en otra ocasión. De momento, permítasenos una excusa para ese acercamiento: no cabe duda de que un medio de enorme eficacia empleado por los yorkinos (y en especial por los que integraban la “baja democracia”, según expresión de Zavala) fue el lenguaje nuevo, el lenguaje republicano. La invitación a la ciudadanía para participar de la cosa pública tuvo en ocasiones efectos inesperados para individuos que, apenas un par de décadas antes, no hubieran tenido muchas oportunidades de ocupar cargos públicos y, lo más importante, de intervenir en la toma de decisiones que afectaba a la sociedad.

 

Desde 1808, el principal problema que se planteó en términos de organización política fue el del fundamento del poder ¿por qué razón millones de personas debían obedecer a un grupo de individuos? ¿Qué le permite a alguien mandar? Servando Teresa de Mier se percató de este problema en 1820, cuando hizo notar que una década de guerra civil propició que cualquier gobierno pudiera ser cuestionado. Ni la costumbre, ni la violencia, ni el respeto a las leyes eran suficientes para convencer a una sociedad en armas de obedecer a otros. Las elecciones parecían dar una respuesta, pero las maneras de realizarlas (por corporaciones, excluyendo o incluyendo a sectores sociales, por provincias o por ciudadanos) también podían ser materia de controversia, por no hablar de las irregularidades tan comunes en esos ejercicios.

 

 

Así, la sociedad del México recién independiente era una de “aquellas donde las condiciones para la vida en común no están definidas apriori”, para emplear los términos de Pierre Rosanvallon para las sociedades democráticas. Esto permitió la apertura de oportunidades de participación política para un contingente mayor de personas que lo que permitía el orden cerrado del absolutismo. Cualquier individuo capaz de articular el nuevo lenguaje republicano, que apelaba a los derechos y a los deberes de los ciudadanos, podía forjarse una carrera política, pero lo más importante –al menos para nosotros– es que estas actividades contribuyeron a modificar la cultura política de sectores sociales, aunque de momento no nos atrevemos a precisar ese impacto. Ya habrá oportunidad de lanzar algunas hipótesis sobre esto.

2 comentarios en “El orden republicano en la ciudad de México, 1825-1829”

  1. Víctor Gayol Says:

    Estimado Alfredo:
    ¡Enhorabuena! Celebro tu incursión al mundo de las bitácoras pues la tuya es desde ya muy interesante. Estaré al pendiente de las hipótesis.
    Saludos.

    VG.

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  2. Iván Escamilla Says:

    Distinguidísimo amigo:
    Bien por haber dado tu primer paso en la blogósfera. Me parece muy bien hayas decidido hacer de este espacio tu bitácora de investigación, pero no nos dejes con las ganas de leer de vez en cuando tus agudezas acerca de asuntos del aquí y ahora. Saludos y un abrazo.

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