México: El oficio de historiar

14 junio, 2009

Crítica, Historia

De historiador, poeta y loco, todos tenemos un poco

En México pocas disciplinas académicas tienen tanta competencia no profesional como la historia. Cronistas, novelistas y narradores, intelectuales y líderes de opinión, abogados, dirigentes políticos y aspirantes a serlo, profesores y sabios eruditos, la competencia proviene de muchas partes. Los medios masivos de comunicación han contribuido a que el público se acostumbre a los nombres de “historiadores” que no tienen la necesidad de una cédula profesional que los acredite y les permita ejercer como tales. Su éxito se debe, en buena medida, a que comparten con el resto de la sociedad una serie de supuestos sobre las características y objetivos de la historia. Hay acuerdo en que los historiadores deben descubrir la verdad. Algunos suponen que deben hacer relatos amenos para generar interés de la gente. Otros asumen que la función de un historiador, en especial del mexicano, es conservar la memoria de la nación y de las culturas que la integran. Habrá quien afirme que debe promover una pedagogía cívica y patriótica. Se le suele ver como Guardián de la Historia, si bien hay quien asegura que su deber es derribar mitos nacionalistas.

En realidad, la profesión de historiador poco tiene que ver con esos supuestos. En el medio académico se sabe que la objetividad es una quimera; que la mayor parte de los productos de investigación no son libros destinados al gran público sino contribuciones especializadas en forma de artículos y capítulos dirigidas a colegas con el objetivo de contribuir a la discusión y generación de conocimiento, y que en vez de conservar la memoria, ésta se suele historiar, con lo que se descubren las contingencias que le dieron origen y forma. Están lejos del interés del historiador profesional los héroes, los villanos y todas esas cosas que hacen las delicias del público, como no sea para analizar las razones por las cuales fueron concebidos como tales en el discurso historiográfico de generaciones pasadas.

Lo mismo que sucede con cualquier otra disciplina del área, la historia pretende dar explicaciones a fenómenos sociales, en concreto, a las transformaciones de diversa índole (políticas, económicas, culturales, etcétera) de los grupos humanos a través del tiempo. Para conseguir este objetivo ha desarrollado una serie de convenciones propias, entre las que desataca la investigación en los documentos y otra clase de testimonios generados por las sociedades en el pasado. Con una metodología peculiar, el objetivo de los historiadores es el mismo que el de cualquier otro científico: explicar una parte de la realidad, dar respuestas a preguntas sobre ella, ofrecer soluciones a problemas.

Las condiciones de trabajo

En México hay más de 40 licenciaturas en historia, pero no todos sus egresados se dedican a la investigación.1 La salida profesional para la mayoría es la docencia y, en menor medida, la divulgación. Los investigadores se forman en los posgrados. La aparición en algunas universidades de programas de maestría de una sola generación hace difícil un recuento, pero en octubre 2004 El Colegio de Michoacán y el Comité Mexicano de Ciencias Históricas (CMCH) reunieron representantes de 20 programas de posgrado en historia del país. Tanto por el número de egresados como por el reconocimiento de los colegas, las instituciones de educación superior más importantes en la formación de historiadores son El Colegio de México y la Universidad Nacional Autónoma de México. En 2008 estas dos instituciones otorgaron el doctorado en la disciplina a cerca de 30 estudiantes.2 El número se duplica sumando a los doctores graduados por las demás universidades e instituciones de educación nacionales y a los que obtienen el posgrado fuera de México y regresan a trabajar en el país.

Pese al bajo número de doctorados, cada vez es más difícil para los nuevos historiadores ocupar plazas, en especial en la ciudad de México, lo que ha propiciado un incipiente proceso de descentralización benéfico para universidades y centros de investigación en diversos estados de la República, como Colima, Morelos, San Luis Potosí o Tamaulipas, amén de lugares en donde ya había una tradición sólida de formación de historiadores, pero que ha sido renovada, como Michoacán, Guanajuato, Puebla y Veracruz, por mencionar los casos más relevantes.

Por supuesto, las condiciones de trabajo son muy diferentes en cada institución. En muy pocas hay cubículos individuales para sus profesores e investigadores, no todas tienen buenas bibliotecas, con servicio de préstamo interbibliotecario y búsqueda de información especializada. Como los principales repositorios documentales del país se hallan en el Distrito Federal, los historiadores de otras ciudades deben conseguir recursos para poder viajar algunas veces al año a realizar sus investigaciones. Los fondos documentales digitalizados son una buena ayuda, pero son pocos y, para colmo, algunos de ellos no pueden ser consultados en línea. Numerosos archivos locales se encuentran en condiciones deplorables, sin edificios adecuados ni catálogos que faciliten su consulta. Por fortuna, cada vez hay más proyectos para rescatarlos, en los que participan profesores y estudiantes de la carrera de historia de diversas universidades.

Los recursos para realizar investigaciones son difíciles de obtener, en especial en instituciones integradas mayormente por profesores sin doctorado, condición que los deja fuera del Sistema Nacional de Investigadores, impide el ingreso de los cuerpos académicos al Programa de Mejoramiento del Profesorado (Promep) y los excluye de los apoyos del Conacyt a la investigación básica. La situación es mejor en las universidades de la ciudad de México, como la UNAM y la UAM, lo mismo que en los Centros Públicos de Investigación del Conacyt (como el Centro de Investigación y Docencia Económicas, el Instituto Mora, el Colegio de Michoacán y el de San Luis Potosí), algunos centros regionales y la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Estas instituciones, junto con el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, proporcionan a sus académicos diversos apoyos para realizar su trabajo, con un mínimo de carga docente para dedicar la mayor parte del tiempo a la investigación, y medios para dar a conocer el resultado de sus proyectos. En estas instituciones los historiadores de tiempo completo cuentan con recursos —aunque limitados— para realizar investigaciones o participar en reuniones académicas en otras ciudades del país y del extranjero. Algunos programas de financiamiento interno (como el Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica de la UNAM), junto con los de Conacyt y otras instancias nacionales e internacionales, proporcionan recursos adicionales para los proyectos de investigación, en especial aquellos que son colectivos; pero el papeleo suele ser un factor que desalienta a los historiadores.

En principio, en instituciones dedicadas principalmente a la investigación, se espera que los historiadores realicen pesquisas en repositorios documentales de diversa índole para desarrollar sus proyectos. En promedio, éstos pueden durar tres o cuatro años, aunque hay algunos que por su alcance se llevan más tiempo. El resultado puede ser un libro de autor, arbitrado, pero cada vez hay más libros colectivos, coordinados por un responsable de proyecto que reúne a colegas y estudiantes de posgrado. Además de informar resultados parciales en congresos y reuniones académicas, los historiadores publican una o dos contribuciones especializadas (en forma de artículos o capítulos de libros dictaminados) al año. Se trata de una productividad que desde otras disciplinas puede parecer baja, pero que se explica por las largas jornadas de investigación documental.3

Si bien algunas universidades privadas han dado fuerte impulso a los programas de historia, la mayor parte de la investigación se hace en instituciones públicas, con salarios semejantes a los de cualquier otra carrera académica y con la posibilidad de obtener promociones y estímulos. Esto ha propiciado poca movilidad. No es común que un historiador pase de una institución a otra, pues eso puede representar una pérdida en ingresos, en especial si tomamos en cuenta que en algunos lugares el salario se incrementa por la antigüedad. Esto ha generado diversos grados de endogamia, con las consabidas consecuencias para el desarrollo de la investigación. En las universidades no es frecuente que los procesos de evaluación anuales, para promoción y para obtener estímulos, sean realizados por colegas de otras instituciones. Algo semejante sucede con las publicaciones. No es común que los historiadores de una institución busquen publicar bajo el sello editorial de otra, lo cual implicaría ser evaluado por dictaminadores externos.

Las plazas para contratar historiadores de tiempo completo suelen convocarse en concursos abiertos, aunque en la mayoría de los casos son los egresados de la propia institución quienes son contratados. Este fenómeno se presenta con mayor frecuencia en facultades y escuelas que en institutos y centros. Las instituciones más jóvenes o que no tienen estudios de historia, como el Instituto Mora o el CIDE, escapan a esta tendencia.

Según el último Directorio del CMCH, en 1997 había menos de mil historiadores en las instituciones que lo integran.4 Si bien hay algunas agrupaciones profesionales, como la Academia Mexicana de la Historia o la Asociación Mexicana de Historia Económica, no hay una asociación que reúna a todos los historiadores mexicanos en forma individual. H-México es, como indica su página web (h-mexico.unam.mx), un grupo virtual que reúne historiadores, profesionales de disciplinas afines, estudiantes universitarios y personas con un interés formal en la historia de México. A la fecha, tiene más de cinco mil suscriptores, que reciben correos electrónicos con las novedades editoriales, noticias, información de reuniones académicas, de concursos para ocupar plazas, entre otros. Dirigido por dos académicos de la UNAM y con muy poco apoyo e infraestructura, H-México es uno de los más importantes espacios (virtuales) de los historiadores mexicanos.

Los temas

Los historiadores registrados en el citado Directorio del CMCH, salvo contadas excepciones, se hallan dedicados a algún periodo (prehispánico, colonial, siglos XIX y XX) de la historia mexicana. Pese a que en las licenciaturas y posgrados de historia en el país se incluyen asignaturas de historia europea, de Estados Unidos, de América Latina y de otras partes del mundo, quienes las imparten rara vez son especialistas. En México casi nadie se dedica al estudio de la Antigüedad o del Medievo y quienes lo hacen no suelen ser reconocidos por los especialistas estadunidenses o europeos. Esta situación se debe, pero no exclusivamente, a las dificultades para realizar investigaciones en otros países. Resulta muy costoso para las instituciones financiar estancias para consultar archivos fuera de México. En principio, esto podría cambiar. Aunque escasos, hay programas para realizar estudios de posgrado y estancias de investigación fuera del país, pero quienes los solicitan casi siempre lo hacen para ir a lugares con repositorios ricos en documentos mexicanos o para estar cerca de alguno de los grandes historiadores mexicanistas extranjeros.

De lo anterior se desprende que la vinculación con historiadores de otros países sea casi de forma exclusiva con quienes se dedican al estudio de México y América Latina. Los historiadores mexicanos tienen poca participación en reuniones académicas como el International Congress of Historical Sciences o en coloquios sobre temas específicos (historia de movimientos obreros, historia urbana, historia intelectual, etcétera) cuando no se relacionan con Latinoamérica. En cambio, va en aumento el número de historiadores mexicanos que asisten al Congreso Internacional de Americanistas, al de la Latin American Studies Association e incluso al de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos. En ocasiones, se puede encontrar en esas reuniones mesas integradas exclusivamente con ponentes provenientes de la misma institución mexicana. Las reuniones de historiadores de México y Estados Unidos (a las que se ha agregado la participación de colegas canadienses) surgieron para reunir a los historiadores de esos países sin importar el área de estudio, pero se han convertido en reuniones de mexicanistas.

Lo anterior ha propiciado que, con algunas notables excepciones, los resultados de las investigaciones de los historiadores mexicanos rara vez se dirijan a colegas que estudian otras áreas geográficas. Por poner un ejemplo, los especialistas en la Revolución mexicana no suelen dialogar con los conocedores de procesos revolucionarios en otros países. Tal vez por eso son pocos los que publican en revistas especializadas que no sean mexicanistas o latinoamericanistas. Otro ejemplo: en México la historia intelectual ha vivido en años recientes una notable renovación, pero no hay autores mexicanos en el Journal of the History of Ideas o en Contributions to Conceptual History, en las que no es tan extraño encontrar colaboraciones de colegas latinoamericanos. Las revistas buscadas por los historiadores mexicanos suelen ser las del área, como The Hispanic American Historical Review o Mexican Studies, aunque se prefieren las nueve revistas de historia que están en el Índice de Revistas Mexicanas de Investigación Científica y Tecnológica del Conacyt, que cuentan con arbitraje externo y reconocimiento internacional.5

Los historiadores mexicanos han conseguido un alto grado de especialización y cuentan con gran reconocimiento de los colegas latinoamericanistas de otros países. Diversas especialidades han sido renovadas en años recientes. En la década de 1970 la historia económica hizo enormes aportaciones, en especial en el periodo colonial; mientras que en la de 1980 los estudiosos sobre la Revolución de 1910 exploraron la historia regional con resultados extraordinarios. Antes de concluir el siglo XX la historia cultural construyó una nueva forma de ver todos los procesos del pasado mexicano. Los estudios acerca del periodo prehispánico alcanzan cada vez mayor grado de sofisticación, en buena medida gracias a las herramientas de la antropología y el análisis historiográfico. El siglo XIX, casi siempre visto como la sucesión de acontecimientos políticos sin orden, ha sido revisado. La historia de la historia y de los historiadores también ha dado aportes significativos, aunque quizás ha puesto demasiada atención a los productos y no a las formas de producción. Al comenzar el siglo XXI México cuenta con una planta de historiadores consolidada, con nuevas generaciones que en la década reciente se han sumado a los centros de investigación y que en unos cuantos años superarán en número a los historiadores registrados en el Directorio de 1997. Entre los más jóvenes el estudio de la historia de fuera de nuestras fronteras no es tan extraño. Estos historiadores cuentan con medios que hace 20 años no existían, cada vez hay más becas, más comunicación y posibilidades de dialogar con los historiadores de otros países, en un esfuerzo para contribuir, desde nuestro país, a la construcción del conocimiento historiográfico en el mundo.

Publicado en la revista Nexos, 378, junio de 2009.

——–

1 Se incluyen licenciaturas en historia del arte, en etnohistoria y en humanidades y ciencias sociales que tienen terminación en historia: Catálogo de carreras de licenciatura en universidades e institutos tecnológicos, México, ANUIES, 2004.

2Agradezco los datos que me proporcionaron los respectivos coordinadores de los programas de doctorado en historia, Graciela Márquez, del Colmex, y Andrea Sánchez Quintanar, de la UNAM.

3 Tomo los datos de 2007 del Centro de Estudios Históricos del Colmex (http://www.colmex.mx/PDFs/Informe%20Academico%202007.pdf) y del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (http://www.planeacion.unam.mx/Memoria/2007/PDF/21601res.pdf). En promedio, en esas instituciones cada historiador publicó 0.5 artículos, un capítulo de libro (en ambos casos, un poco más alto en el CEH que en el IIH) y 0.5 libros (un poco más alto en el IIH que en el CEH).

4 CMCH, Quinto directorio de historiadores, México, El Colegio de México, 1997.

5 Sólo unas cuantas, como Secuencia o Relaciones, están abiertas a artículos sobre cualquier tema de historia americana, mientras que las que cuentan con más tradición, como Historia mexicana, Estudios de Historia Novohispana o Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, desde el propio título restringen el área.

3 comentarios en “México: El oficio de historiar”

  1. Luis Recillas Enecoiz Says:

    Dr. Ávila,
    Un placer navegar por estas autopistas de la información y toparse con “estaciones de servicio” intelectual, especializadas en divulgar la historia mexicana.¡Enhorabuena!
    Ya había leído su artículo en la revista nexos de julio, sin embargo, doble felicitación: primero por su breve, pero sustanciosa visión del porvenir de nuestro oficio, historiar; segundo por llevar la historia a un nuevo nivel: ¡el blog!
    Me tomé la libertad de ligar su blog al mío, por la seriedad de sus investigaciones, las cuales conozco de manera muy somera. La dirección del blog es: http://cinesilentemexicano.wordpress.com/
    Respecto al ensayo estoy totalmente de acuerdo con la acertada visión que, siendo halagüeña en parte, no deja de ser pesimista sobre el oficio de historiar. Halagüeña la perspectiva a futuro que tiene el oficio de Clío que extiende su fruto y ve como se multiplican las carreras orientadas al “historiar”. Plausible la enumeración que hace respecto a deficiencias o carencias existentes en el oficio, todas, sin embargo erradicables o perfectibles.
    Saludos
    Luis Recillas Enecoiz

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  2. Ricardo Says:

    Leyendo sus interesantes apuntes sobre estos aspectos que forman parte del oficio del historiador, aprovecho para pedirle su opinión acerca de la relevancia o irrelevancia (espero que no sea así) de la historia como labor “profesional” en comparación con otras disciplinas sociales e incluso con profesiones un tanto ajenas a nuestras tareas de transcripción, lectura, análisis, entre otras. Mientras nosotros los historiadores fotografiamos documentos, un médico salva vidas, mientras transcribimos, un ingeniero diseña un plano para zonas habitacionales imprescindibles, mientras el historiador reduce las palabras de un título tentativo, el antropólogo detecta problemas étnicos y sociales para evidenciarlos en un programa comunitario, mientras escribo en este blog otros profesionistas desempeñan sus tareas con beneficios recíprocos y sin tanta necesidad de justificar el por qué.

    Muchas gracias y saludos cordiales.

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    • Alfredo Ávila Says:

      Estimado Ricardo:
      Los historiadores no sólo fotografiamos documentos, transcribimos o reducimos las palabras de un título tentativo. Creo que, como cualquier científico social, el historiador pretende responder problemas y contribuir, a través de la mirada al pasado, a la mejor comprensión de la sociedad actual.
      Saludos.

      Responder

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