Presente y futuro de la investigación de la Historia en México

21 abril, 2013

Crítica, Historia, Política

La siguiente es la presentación que elaboré para la convocatoria que me hiciera Alicia Mayer para participar en la mesa dedicada a las Humanidades, que forma parte del proyecto Hacia dónde va la ciencia en México: un análisis para la acción desde las perspectivas académica, sectorial y tecnológica, organizado por la Academia Mexicana de las Ciencias, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y el Consejo Consultivo de Ciencias de la presidencia de la República. Procuré ceñirme a los líneamientos para los ponentes que se nos hicieron llegar. Así, tomé en cuenta la situación de la disciplina en México y otros países, para elaborar mis sugerencias, y me centré casi exclusivamente en las tareas de investigación, aunque inevitablemente me encontré con la docencia y la divulgación.

***

En verdad es difícil ofrecer un panorama del desarrollo de la investigación en historia actual. Para empezar, como en México, en muy pocos lugares hay datos acerca del número de historiadores e instituciones de educación superior en las que se enseña o se investiga la disciplina. Los países que sí cuentan con esa información tienen datos apabullantes si los comparamos con las estimaciones que podemos hacer para México. Por ejemplo, en Estados Unidos, habría poco más de 90 historiadores por cada millón de habitantes[1]. En México, el número más optimista ofrecería 18 por millón.[2] En aquel país, las universidades otorgan el grado de doctor a poco menos de un millar de jóvenes historiadores cada año, mientras que en México los programas de posgrado en Historia (unos 12 de doctorado) otorgan el grado a unos cincuenta. La Universidad Nacional Autónoma de México y El Colegio de México, las dos instituciones nacionales con mayor arraigo en la formación de doctores, dieron entre las dos el grado a 30 estudiantes en 2008, aunque en 2012 el número se redujo a 20 (12 en el posgrado de Historia de la UNAM, 8 en el Centro de Estudios Históricos del Colmex). Tal vez éstas sean, junto con el CIESAS y el Instituto Mora (una institución que tiene un programa de posgrado muy reciente) las instituciones que más contribuyen a la formación de doctores en Historia en México.[3]

Es más fácil comparar el número de instituciones. Según la American Historical Association, en Estados Unidos, un país con poco más de trescientos millones de habitantes, hay 164 programas que ofrecen doctorado en historia.[4] En México hay alrededor de 20 posgrados en historia, historia del arte, humanidades y ciencias sociales con especialidad en historia, y otras parecidas. El número no es exacto, pues algunos programas aparecen y desaparecen tras una generación de estudiantes.[5] En Brasil, con cerca de 180 millones de habitantes y con el que siempre preferimos compararnos, el año pasado había 63 programas de posgrado en Historia.[6] Como vemos, el número en nuestro país es bajo, incluso si lo comparamos con Argentina, un país con poco más de cuarenta millones de habitantes y 34 programas de posgrado en Historia, según la Asociación Argentina de Investigadores en Historia.[7]

Así las cosas, en México tenemos un bajo número de doctorados, pero también muy pocas instituciones en las que puedan desarrollar su profesión, unas cuarenta IES en las que se imparte la carrera[8] o se hace investigación, y otras en las que se requiere historiadores para distintas carreras. Por ello, cada vez es más difícil para los nuevos historiadores ocupar plazas, en especial en la ciudad de México. Las más tradicionales instituciones de educación superior en las que se enseña historia tienden a incorporar a sus propios estudiantes[9], aunque las plazas para contratar historiadores de tiempo completo suelan convocarse en concursos abiertos. Los jóvenes que se han formado bajo los estrictos requisitos del Conacyt (que cada vez dejan menos tiempo a los estudiantes de posgrado para vincularse con grupos de trabajo, ante la presión por terminar la tesis) están en desventaja cuando pretenden concursar en instituciones en las que no se formaron. Esto ha conducido a diversos grados de endogamia, con las consabidas consecuencias para el desarrollo disciplinario. Mencionaré sólo una: la dificultad para la mayoría de las instituciones para abrir nuevas temáticas y áreas. Los jóvenes que fueron contratados para trabajar junto a los que fueron sus maestros, por lo general siguen sus pasos en cuanto a los temas e, incluso, sostienen las mismas interpretaciones.

A diferencia de Estados Unidos, pero no de otros países de América Latina y de Europa continental, en México hay poca movilidad profesional. No es frecuente que un historiador pase de una institución a otra, pues eso puede representar una pérdida en ingresos, si tomamos en cuenta que en algunos lugares el salario se incrementa por la antigüedad. Esto fortalece aún más la endogamia. En las universidades no es frecuente que los procesos de evaluación anuales, para promoción y para obtener estímulos, sean realizados por colegas de otras instituciones. Algo semejante sucede con las publicaciones. No es común que los historiadores de una institución busquen publicar bajo el sello editorial de otra, lo cual implicaría ser evaluado por dictaminadores externos.[10]

En países en los que la competencia profesional es mayor, el alto número de instituciones y de historiadores ha favorecido desde hace años la proliferación de temas. No resulta novedoso decir que el predominio de la historia política ha concluido, aunque siga siendo la favorita del público no especializado. En las décadas de la segunda mitad del siglo XX se dio impulso a la historia económica, a la historia social y, a partir de ésta, a la historia de grupos considerados minoritarios o marginales. Más recientemente, la historia de la vida cotidiana y la historia cultural aparecieron con gran vigor en las universidades. Esta multiplicación de enfoques y temas hace difícil identificar tendencias, pero es posible aventurar algunas hipótesis al respecto. Propondré sólo dos.

Para empezar, diversas circunstancias han favorecido el contacto entre sí de historiadores de diversas partes del mundo. En Europa, al menos antes de la presente crisis, los programas Erasmus favorecieron que los estudiantes realizaran parte de sus estudios en otros países de la Unión, con lo que entraban en contacto con tradiciones historiográficas distintas, algo muy enriquecedor. De igual manera, la falta de oportunidades de empleo llevó a muchos jóvenes historiadores a buscar financiamientos internacionales para la realización de sus proyectos o a hacer estancias postdoctorales fuera de sus respectivos países. De nuevo, la movilidad favoreció el aprendizaje de nuevos enfoques y perspectivas, pero también aceleró una tendencia que ya se había venido presentando: el desdibujamiento de las historias nacionales. En América Latina este fenómeno también se está presentando, en buena medida gracias a los programas de intercambio, a la oportunidad de elaborar proyectos comunes y, por supuesto, a las tecnologías de la información y la comunicación, en especial internet. Los historiadores que estudian el periodo colonial peruano cada vez voltean más a México, mientras que los brasileños procuran entablar vínculos con los países hispanoamericanos. Debo mencionar, aunque se trate de mi experiencia personal, que las recientes conmemoraciones bicentenarias permitieron un intercambio extraordinario entre historiadores europeos y americanos dedicados al periodo que va de finales del siglo XVIII a la primera mitad del siglo XIX. Al menos en cuanto ese periodo, se favoreció la perspectiva atlántica, para comprender mejor los procesos que antes sólo se veían nacionalmente.

Una segunda tendencia, que he podido corroborar tanto en Estados Unidos como en España (con datos de la American Historical Association y de la Asociación de Historia Contemporánea) es el marcado aumento en el interés de los jóvenes por la historia más reciente. En Estados Unidos, este interés va de la mano con uno renovado en la historia del capitalismo, en especial el comercial y el financiero.[11]

En México empieza a verse al menos la primera de estas tendencias. Cada vez es más frecuente que los historiadores de casa abandonen el enfoque nacional, lo cual no quiere decir que dejen de hacer historia de México. Por el contrario, casi todos trabajamos problemas de historia mexicana, pero (y esto es lo importante) con un enfoque que se aleja de la perspectiva nacional, para ponderar las condiciones locales, regionales e internacionales. Asimismo, algunos colegas mexicanos están incursionando en la investigación de historia de otras partes del mundo, con buen éxito. Siguen siendo pocos, pero hay una novedad en cuanto a sus trabajos. Tradicionalmente, las carreras de historia en el país ofrecen cursos de historia europea, estadounidense y, según el periodo, de otras partes del mundo. Sin embargo, por lo general los profesores que impartían esas asignaturas no eran conocidos ni considerados por los historiadores de los países que enseñaban. Esto se debía a la dificultad para hacer investigaciones originales en repositorios de otros países y a la falta de diálogo con los colegas de otras naciones. La posibilidad de financiar viajes de investigación y estancias en universidades del extranjero (que todavía mayoritariamente se emplea para visitar archivos con documentos mexicanos o relacionarse con mexicanistas) ha empezado a cambiar esa situación.

Si se quiere reforzar esta tendencia, me parece prioritario mantener e incrementar los programas de intercambio académico y de estancias postdoctorales. Por supuesto, también sería muy conveniente incrementar el número de instituciones en las que se enseñe e investigue historia, para acomodar a los jóvenes doctorados e incrementar la competencia.

La segunda tendencia, la de hacer historia de los periodos más recientes, está empezándose a ver en México, en especial en los jóvenes. La coordinadora del programa de Historia de la UNAM, doctora Teresa Lozano, ya había informado el año pasado de este fenómeno, que parece que se mantiene en las actuales solicitudes de ingreso a la maestría y al doctorado. Si atendemos a lo que señalé antes acerca de la contratación de profesores jóvenes en las instituciones más tradicionales, se pueden entender las dificultades que nuestros programas de posgrado tienen para satisfacer esta demanda: hay muy pocos profesores especializados en las décadas más recientes, de modo que cuesta encontrar directores de tesis. Una manera de solucionar este problema es, de nuevo, fomentar el intercambio, aunque en este caso de estudiantes, que se formen en países en los que la historia reciente ha mostrado una mayor expansión. Asimismo, como ya señalé, es preciso incrementar el número de instituciones para enseñar e investigar historia.

Por supuesto, hasta aquí he presentado un diagnóstico muy parcial. Hay numerosos temas que no he tocado o que apenas he insinuado (como los sistemas de estímulos y las evaluaciones que acompañan), pero me parece que el incremento en el número de investigadores y una mayor movilidad incidirían en una mayor competencia, en la formación de redes, en una auténtica evaluación por colegas (y no por organismos burocráticos, aunque estén apoyados en comités académicos) y en definitiva en el aumento de temas para historiar, con lo que conseguiríamos unirnos a la plural tendencia mundial. No obstante, resulta prioritario incrementar el número de instituciones en las que se enseñe e investigue historia en el país. Un primer paso sería igualar en términos proporcionales la cantidad de instituciones de ese tipo que tienen países como Argentina y Brasil. A mediano plazo, se debe duplicar el número de instituciones en las que se enseña la licenciatura en historia, aunque se debe poner énfasis en la formación de historiadores preparados para la docencia (en atención a que la mayoría de egresados encuentra trabajo en la educación media), la divulgación, museografía y protección y promoción del patrimonio (incluido el documental).

De igual manera conviene incrementar los programas que favorezcan la movilidad de estudiantes y postdoctorados, y el intercambio académico. Aunque sé que numerosos colegas no están de acuerdo conmigo, creo que ha sido benéfico que se promueva que los postdoctorados realicen estancias en instituciones diferentes de las que se formaron.

Por supuesto, estas medidas requieren planeación (y, por lo tanto, la implementación de otras actividades) y, acaso, de justificación.

Respecto a lo primero, no hay en México nada parecido a la American Historical Association ni a la Asociación Argentina de Investigadores en Historia. El Comité Mexicano de Ciencias Históricas reúne instituciones, no historiadores. Por supuesto, hace falta que el Comité o una asociación ofrezca datos más precisos acerca de la disciplina, los historiadores, las instituciones y las tendencias.

En segundo lugar, debemos preguntarnos por el mercado laboral para los historiadores. Si se incrementan los centros de enseñanza superior e investigación en historia habría espacio para nuestros egresados, pero las licenciaturas en historia no forman fundamentalmente investigadores, sino docentes.[12] Lamentablemente, en buena parte de las licenciaturas en historia, la formación docente y en difusión es la parte más débil. Para tomar un sólo ejemplo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el grueso de las asignaturas es compartido por aquellas de tipo teórico, historiográfico, de conocimientos y de metodología de investigación. Sólo hay dos asignaturas obligatorias dedicadas a la enseñanza de la historia y, la última vez que vi, tan sólo una, optativa, de museografía y divulgación. Para finalizar, aunque hay varias opciones de titulación, la que domina es la tesis (es decir, un ejercicio de investigación), que entre otras cosas ocasiona una eficiencia terminal baja y, para los pocos que seguirán el camino de la investigación en los posgrados, hace más lento el camino. Es claro que al menos el plan de estudios de la carrera de historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM pretende formar investigadores. El problema es que no lo coseguimos. En el país sólo uno de cada diez egresados de historia se dedica a labores científicas. Tal vez es tiempo de admitir que debemos formar historiadores con otras salidas profesionales, como están haciendo otras instituciones.

Por supuesto, a estas alturas la pregunta que debemos hacernos es, ¿para qué queremos más historiadores? En México, la mayoría de las instituciones en las que se hace historia profesional son públicas. Las universidades privadas en las que hay estudios profesionales y de posgrado en la disciplina por lo general dan prioridad a las labores docentes; así que formularé la pregunta en estos términos ¿por qué la sociedad, a través de las instituciones del Estado, paga el salario de los historiadores? Me temo que muchos de los encargados de esas instituciones, políticos y funcionarios, no lo saben. Me temo que los historiadores tampoco. A veces creemos que nos pagan por hacer lo que nos gusta, y nada más.

No resulta raro que los políticos busquen a los historiadores para organizar actividades cuando hay alguna conmemoración, o incluso para hacer discursos. Habitualmente, se cree que los historiadores deben descubrir la verdad. Algunos suponen que deben hacer relatos amenos para generar interés de la gente. Otros asumen que la función de un historiador, en especial del mexicano, es conservar la memoria de la nación y de las culturas que la integran. Habrá quien afirme que debe promover una pedagogía cívica y patriótica. Se le suele ver como Guardián de la Historia, si bien hay quien asegura que su deber es derribar mitos nacionalistas.[13]

En realidad, la profesión de historiador poco tiene que ver con estas suposiciones. En el medio académico se sabe que la objetividad es una quimera; que la mayor parte de los productos de investigación no son libros destinados al gran público sino contribuciones especializadas en forma de artículos y capítulos dirigidas a colegas con el objetivo de contribuir a la discusión y generación de conocimiento, y que en vez de conservar la memoria, ésta se suele historiar, con lo que se descubren las contingencias que le dieron origen y forma. Están lejos del interés del historiador profesional los héroes, los villanos y todas esas cosas que hacen las delicias del público, como no sea para analizar las razones por las cuales fueron concebidos como tales en el discurso historiográfico de generaciones pasadas.

Lo mismo que sucede con cualquier otra disciplina del área, la historia pretende dar explicaciones a fenómenos sociales, en concreto, a las transformaciones de diversa índole (políticas, económicas, culturales, etcétera) de los grupos humanos a través del tiempo. Para conseguir este objetivo ha desarrollado una serie de convenciones propias, entre las que desataca la investigación en los documentos y otra clase de testimonios generados por las sociedades en el pasado. Con una metodología peculiar, el objetivo de los historiadores es el mismo que el de cualquier otro científico: explicar una parte de la realidad, dar respuestas a preguntas sobre ella, ofrecer soluciones a problemas.

No es mi intención con esto solicitar para los historiadores y humanistas el papel de “intelectual” y opinador público que tan de moda han puesto los medios de comunicación, pero efectivamente algo es lo que podemos decir en torno a los problemas sociales de México. Tampoco propongo que, para contribuir a la solución de los problemas nacionales, nos dediquemos únicamente a estudiar el pasado mexicano. Los historiadores pretendemos explicar fenómenos sociales, sin importar si éstos ocurren en la Antigüedad del Medio Oriente, en los virreinatos americanos, o en la convulsa política de la formación de los estados nacionales. El estudio del cuerpo femenino en el periodo colonial, la historia del desorganizado poblamiento de las ciudades, los problemas de la representación de los partidos políticos del siglo XIX y la formación de mitos fundacionales tienen un común denominador: ofrecen explicaciones a fenómenos sociales en el tiempo y el espacio. ¿No es trabajo suficiente que puede ser aprovechado por quienes toman decisiones, y más aún, por la ciudadanía?


[1] Esta cifra (29 220) considera a los profesores de historia contratados de tiempo completo o parcial en instituciones de educación superior (colleges y universities) por el Departamento de Educación de Estados Unidos en 2003: Robert Townsend, “Federal Faculty Survey Shows Gains for History Employment but Lagging Salaries”, American Historical Association, http://www.historians.org/perspectives/issues/2006/0603/0603new1.cfm .

[2] Es decir, alrededor de 2 000. Esta cifra es sólo estimada y presenta muchos problemas: para empezar, debo señalar que para efectos de esta presentación (dedicada a la investigación en la disciplina) no me refiero a todos los egresados de una licenciatura en historia que están laborando en distintos tipos de empleos, cuyo número se elevaría a cerca de 19 mil (Observatorio laboral, http://www.observatoriolaboral.gob.mx/ola/content/common/reporteIntegral/busquedaReporte.jsf?idCarreraParametro=3521&idTipoRegistroParametro=1&idEntidadParametro=33#AnclaGrafica) sino sólo a los que trabajan en instituciones de educación superior o en centros e institutos de investigación, enseñando e investigando historia. El Comité Mexicano de Ciencias Históricas, en su Quinto directorio de historiadores (México, El Colegio de México, 1997) contaba menos de mil. Por supuesto, en ese listado faltaban algunos colegas y sobraban otros, pero se puede partir de ese número. Habría que agregar a los que se doctoraron (u obtuvieron maestría y ya no doctorado) en los años recientes, pero también a otros profesionales que se dedican a la enseñanza de la historia a nivel superior. Sin ser un ejercicio riguroso, revisé páginas web de instituciones en las que se enseña la carrera, revisé las tesis en historia de maestría y doctorado (aunque tomé en cuenta que algunos hicieron ambas tesis) y, por eso pienso, que entre 1997 y hoy se incorporaron unos mil investigadores de historia más en el país. Si, como apunta una encuesta periodística, de los egresados de la carrera sólo el “11.2 por ciento se desempeña como profesionistas en ciencias sociales” (El Universal http://mejoresuniversidadesdemexico.mx/?q=node/47), y hay alrededor de 19 mil, entonces no creo que la cifra que propongo esté tan desencaminada.

[3] Los datos de 2008 los debo a las entonces coordinadoras del doctorado del CEH Colmex Graciela Márquez y del posgrado en Historia de la UNAM, Andrea Sánchez Quintanar. Los de 2012 a las actuales responsables, Erika Pani y Teresa Lozano, respectivamente. Cincuenta es una generalización que estimo a partir de la relación de tesis de doctorado de los últimos años, registradas por el Comité Mexicano de Ciencias Históricas en el Catálogo de tesis 1931-2011 (Verónica Zárate Toscano, disco compacto, CMCH /INAOE, 2012), aunque he quitado las tesis sobre historia de México hechas en el extranjero. No he encontrado una tendencia, aunque sí algunos picos: en 2008 fueron 72, pero sólo 34 un año después.

[4] “History Doctoral Programs in the United States and Canada” (por supuesto, quité los programas de doctorado canadienses), http://www.historians.org/projects/cge/PhD/intro.cfm .

[5] No hay datos certeros, pero en 2004 este fue el número de posgrados que reunieron el Colegio de Michoacán y el Comité Mexicano de Ciencias Históricas. El padrón nacional de posgrados de excelencia registra 15 maestrías y 12 doctorados, pero hay algunos casos (en especial maestrías) que no son consideradas. Ciertas instituciones tienen sólo uno de los dos grados, siendo más fácil que tengan únicamente la maestría, aunque unas pocas sólo tienen doctorado (http://evaluandoaclio.blogspot.mx/2012/08/invitacion-al-foro-para-un-balance.html#more).

[6] Keila Grinberg, “Historiadores pra quê?”, Ciência hoje, 9 de marzo de 2012, http://cienciahoje.uol.com.br/colunas/em-tempo/historiadores-pra-que

[8] Catálogo de carreras de licenciatura en universidades e institutos tecnológicos, México, ANUIES, 2004.

[9] Revisé algunas páginas web de institutos y programas de Historia de varias universidades, pero me enfrenté a varios problemas: no todas tienen listado de su personal docente y algunas que lo tienen no incluyen el CV. En otros casos, se registra sólo el último grado alcanzado, lo que impide ver si estudiantes de licenciatura o maestría fueron recuperados por su institución, luego de hacer el doctorado en otras partes. De cualquier manera, en los casos de las instituciones que revisé, la mitad o más de los profesores que tienen contratados fueron sus estudiantes en algún momento: Universidad de Guanajuato, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Facultad de Historia), UNAM FFyL, UNAM IIH, UNAM IIE, UNAM FES Acatlán, UIA, UV IIHS, UABC IIH. El CEH Colmex tiene un 30% de profesores que hicieron el doctorado en esa institución, aunque la tendencia más reciente ha sido a contratar a sus propios egresados. El caso de la UNAM es el más importante, aunque se explica también por ser la institución más grande de las consideradas. Otras instituciones, como la DEH INAH, no tienen la información disponible. El caso de la UAM I es también problemático, pues el doctorado es en Ciencias Sociales, con terminación en varias especialidades, incluida Historia. Las instituciones más jóvenes, como El Colegio de Michoacán, o que tienen posgrados de reciente creación, como el CIDE o el Instituto Mora, escapan de esta tendencia.

[10] A. Ávila, “México: El oficio de historiar”, Nexos, junio de 2009, http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=480.

[11] Jeniffer Schuessler, “In History Departments, It’s Up With Capitalism”, The New York Times, 6 April, 2013, http://nyti.ms/ZnzTGd . Para España es interesante ver las ponencias en las jornadas de jóvenes historiadores http://ahistcon.org .

[12] El 46.1 de los egresados de la licenciatura en Historia se desempeña en docencia y un alarmante 42% trabaja en áreas ajenas a la carrera, véase la encuesta citada de El Universal http://mejoresuniversidadesdemexico.mx/?q=node/47

[13] Recupero estas palabras de mi citado artículo en la revista Nexos.

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4 comentarios en “Presente y futuro de la investigación de la Historia en México”

  1. balderas luis Says:

    Tienes razón, los profesionales de la historia en México son pocos los que nos dedicamos a la enseñanza y a la investigación, porque la mayoría de los egresados de las universidades públicas, hoy solamente salen como docentes un ejemplo claro es que algunas universidades del pais, solo se reciben con promedio y donde queda la investigación, por eso muchos de los jóvenes recien titulados no pueden romper con el paradigma de la historia oficla, por poner un ejemplo cuando les comento a mis alumnos de nivel me dio superior de la preparatoria regiona Enrique Cabrera Barroso, de a Buap, que la independencia del mundo novohispano tiene que ver con las reformas borbonicas y el cobro de impuestos a lo colonos hispanoamericanos y al despotismo ilustrado, y que las ideas de independencia la promovieron los curas y la terminaron el alto clero. entonces mis alumnos entran encontradiciones y comienzan a cuestionar los abusos de la nefasta historia oficla que ha hecho mucho daño a la nacion mexicana.
    Existe por otro lado en los centros de investigación histórica cotos de poder entonces uno tiene que emigrar y quedar solamente como docentes, entonces es necesario impulsar las investigaciones regionales para que se vaya construyendo otro tipo de historia y de enseñanza de la misma desde lo regional y local y solamente de esa forma los historiadores contribuiremos a formar una concienca de análisis y hacer a los subditos ciudadanos.

    Responder

  2. Ali Guerrero Alvarez Says:

    Como futuros historiadores debemos basar nuestra formacion academica en historia contemporanea o reciente para tener una mayor posibilidad en el campo laboral ?
    Como podemos empezar desde nuestras propias capacidades a formarnos como investigadores y no solo como docentes ?
    gracias

    Responder

    • Alfredo Ávila Says:

      Ali: No sé que responderte. Escribiré después algo en el blog tratando de dar respuesta a tu pregunta. Gracias por el comentario.

      Responder

  3. Gerardo Spearman Morales Says:

    Genial su participación en la mesa “El futuro de las humanidades en México”. Aunque considero que la endogamia está menos desarrollada fuera de la capital y que el diagnóstico también tendría sus matices “tierra adentro”. En San Luis Potosí se llevó a cabo una mesa similar, poco antes que la suya, quiero compartirle sus principales comentarios en historia y las críticas que le hice a aquella.
    La doctora María Isabel Monroy Castillo destacó que son necesarios más programas orientados a la docencia y a la enseñanza de la historia, pues se hace mucha investigación, pero se queda prácticamente entre unas cuantas personas, sugiriendo que CONACyT puede incentivar la difusión no sólo de la historia, sino de todas las ciencias. Monroy también mencionó dos tendencias de la historia: Reinhart Kosellek dijo que no hay historia sin lenguaje, ni lenguaje sin historia (Begriffsgeschichte) y destacó su diccionario Conceptos históricos fundamentales (Geschichtliche Grundbegriffe, 1971-1992), editado con Otto Brunner y Werner Conze, así como su libro Historias de conceptos, un tipo de historia que se opone a la historia intelectual; además, destacó la historia de la subalternidad a través del trabajo de Adolfo Gilly, quien escribió Historias clandestinas.
    Luego de dos comentarios de la audiencia, Monroy tuvo que destacar la importancia de la historia ambiental, una historia muy cercana a los problemas que estamos viviendo y que se están volviendo cada vez más peligrosos. Además, con una definición de la historia como la de Bloch: “la historia es la ciencia del estudio del hombre en el tiempo” aunado al fuerte empuje teórico que busca salir del Estado y sus problemas para abordar el género, la cultura, la economía, etc.; pareció anacrónico que el Colegio de San Luis mantenga la mayoría de sus líneas de investigación vinculadas al estudio del Estado-nación. Resonaron en mi mente las siguientes preguntas: ¿Cómo llegar a la interdisciplinariedad que destacaron varios participantes de la mesa sin énfasis en la historia de la ciencia y la tecnología? Y ¿cómo demostrar la importancia de la historia a tecnócratas, a otros científicos y al público en general, si no historiamos las cosas que a cada uno de ellos les interesa?, lo que es más, ¿cómo difundir la historia si no se historía lo que interesa a la población? Ya sea moda, comedia, cine, deporte, belleza, locura, amor…
    Tras los comentarios del público se sugirió cambiar en CONACYT el poco valor que se le da a la difusión mediante solicitar a los investigadores que parte de su trabajo sea de difusión de calidad, se sugirió también revertir los problemas que crea CONACyT, pues a la par que ha traído mucho bien a las ciencias en el país, es innegable que también trae problemas a la misma. Me pareció que sería imprescindible hacer estudios organizacionales como los que se hacen en la UAM-I en esta institución, así como sería fundamental ser estudiada por antropólogos, sociólogos, historiadores y quizá hasta por psicólogos sociales.
    Noté aparte que existe una especie de cultura de resistencia entre los científicos sociales y CONACyT, puesto que se les llama humanidades, aunque no se sienten identificados plenamente con esa tipología, pues hacen referencia a su campo de investigación como ciencias sociales. Incluso, cuando tocó el turno de hablar a María Isabel Monroy Castillo por primera vez, leyeron su curriculum, y ella es doctora en ciencias sociales con especialidad en Historia, pero la mesa es sobre humanidades; por eso, ¿quién demarcó qué es ciencia social y humanidades para el CONACyT? Y ¿por qué hay poca coherencia entre los institutos de posgrado y esta institución? En todo caso, la distinción resulta ser pura política, pues Andrés Fábregas mencionó que “la antropología tiene un espíritu humanista además del científico, ¿qué va a hacer con cada uno?” Lo cual se puede decir también de cualquier otra disciplina conocida como humanidad, o hasta de ciencias duras. Después de todo, me parece que la historia no es humanidad en tanto que no desea, ni puede modificar su objeto de estudio. En cambio, la física y la química son humanidades en tanto que buscan no sólo comprender, sino modificar su objeto de estudio por un motivo presuntamente social, a veces político, la mayoría de las veces económico. Después de todo, la ciencia básica es ciencia, mientras que la ciencia aplicada (desarrollo tecnológico), proceda de donde proceda, es humanidad, aún si no es humanista.

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