Las etapas del historiador

14 julio, 2013

Convenciones, Historia

Lo que sigue, por supuesto, no es serio. Digamos, con Alfonso Reyes (o Pedro Calderón de la Barca), que son unas burlas veras. Se me ocurrió hace rato. Se trata de las etapas por las que pasamos los historiadores, al menos unos cuantos, al menos yo. Ciertos colegas se han quedado en alguna de ellas. Claro, ellos dirían que mi propuesta es arbitraria, incluso positivista (en el sentido comteano), que en realidad no son así las cosas, que suponer que hay una serie de etapas que se van superando implica que mi punto de vista es soberbio, pues por supuesto asumo que al estar en la etapa más alta he superado a muchos que se quedaron atrás. Por eso, sólo digo que no va en serio, que sólo son unas cuantas cosas políticamente incorrectas que se me ocurrieron al venir conduciendo mi automóvil un domingo por la tarde.

Empiezo por la

primera etapa.

El estudio de la historia es para reafirmar nuestra memoria. Cuando un joven ingresa a la carrera de historia -hay que admitirlo- no tiene idea de qué va a estudiar. Supongo que llegamos a la licenciatura con los prejuicios que la mayoría de la gente tiene sobre la disciplina: hay que memorizar mucho, importan los grandes hechos y, en un país como el nuestro, los procesos que nos hicieron ser lo que somos. Hay emoción por el pasado prehispánico, tan colorido e idealizado, por la magnificencia de la cultura virreinal (también muy idealizada), por los héroes que nos dieron patria. También se cuenta aquí la visión heroica de las clases populares, los empeños para forjar una conciencia y tratar de cambiar las cosas. Esta primera etapa, si acaso la tuve, pasó muy rápido, digamos que unas pocas semanas después de entrar a la carrera. No sobra decir que algunas personas nunca la superan, y eso no los hace malos historiadores. De hecho, algunos de mis mejores maestros, como Ernesto de la Torre, se hallaban ahí. Yo pasé, como muchos, a la

segunda etapa.
La historia para desmitificar. Hace tiempo, alguno de los jóvenes a los que sigo en twitter se burlaba de los “desmitificadores” de la historia, diciendo que sí, que él también buscó hacerlo cuando iba en primero o segundo semestre de la carrera de historia. Es verdad, esa es la segunda etapa, que se presenta cuando descubres que Cortés fue un hábil político, que Miguel Hidalgo no era un santo varón y que Iturbide, canalla y todo, fue autor del plan de independencia. Es la época en la que te gusta presumir con tu familia que lo que ellos aprendieron de la historia (en particular de la historia patria) es sólo una versión que no te cuenta todo, que hay otras cosas que pueden contradecir lo que aparece en los libros de texto (¡Mira a don Benito, dando el visto bueno al tratado de Melchor Ocampo con Robert McLane!), que hay una cosa llamada historia oficial que sólo pretende justificar un estado de cosas, aun a costa de mentir y ocultar. En esa etapa se quedaron muchos de los que hoy publican best sellers, pero también abre la puerta para la siguiente y

tercera etapa.
No hay una verdad en la historia, sino muchas, o la verdad es relativa. Esta etapa dura, más o menos, la segunda mitad de la licenciatura y, como con las anteriores, algunos se quedan en ella el resto de su vida. Ayuda mucho para entrar en esta etapa la lectura de historicistas, estilo Edmundo O’Gorman, pero también a los filósofos relativistas, como José Ortega y Gasset (muy poco relativista, hay que decirlo, pero promotor de este punto de vista) hasta Hayden White (hay otros más recientes, pero en la licenciatura casi no se los lee, pues no están traducidos en su mayoría) y, en especial, a los desconstruccionistas, si son franceses, mejor. Gracias a algunas de estas lecturas, unos cuantos colegas, pero no yo, pasan a una

cuarta etapa.
La historia es relato, incluso una manifestación artística. Es una etapa ciertamente relativista, pero no tan teórica, de hecho, suele ser anti-teórica, y busca por sobre todas las cosas ser de lectura agradable y clara, algo opuesto a la etapa anterior, que suele tener exponentes muy crípticos. Como he dicho para las etapas anteriores (menos para la de desmitificación), también en ésta se han quedado colegas muy brillantes y buenos historiadores, a quienes da gusto leer, pero -como señalé- creo que yo nunca pasé por esa etapa, sino que terminé yendo directamente a la definitiva y

quinta etapa.
La historia es una disciplina que busca explicar procesos sociales en el tiempo (y que no pretende ni consolidar una memoria o una conciencia ni derrumbar mitos -aunque de hecho lo haga- ni ser un mero discurso relativista) a partir de información verificable, habitualmente obtenida de documentos y otra clase de testimonios. En mi caso, la llegada a la quinta etapa se debió a mi admiración por la historiografía en lengua inglesa (británica y estadounidense), porque en el ánimo relativista me topé con filósofos pragmatistas, como Richard Rorty, y a mi acercamiento con la filosofía política. Así, ni tengo admiración por los héroes, ni quiero mostrar que los villanos no lo fueron, ni que las oligarquías siempre han explotado al pueblo, tampoco que hay muchas versiones todas relativas y, aunque me gusta ser claro en lo que escribo, no soy artista. Simplemente me planteo problemas y procuro estudiar cómo se han presentado (e intentado solucionar) en las sociedades humanas a través del tiempo, con una serie de herramientas y métodos que, convencionalmente, hemos aceptado en el gremio, que incluyen la investigación documental, el análisis y, muy importante, la discusión (abierta o encubierta, como sucede con los dictámenes) con otros colegas, para proveer explicaciones a dichos problemas. Nada más, nada menos.

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11 comentarios en “Las etapas del historiador”

  1. angelalmarza Says:

    Es un ensayo, además de divertido, sugerente. Faltan etapas, pero están ligadas más al campo laboral y la posibilidad de vivir del oficio; así como cuando tu familia y amigos te preguntaban “¿de qué carajo vas a trabajar Ángel Rafael?” -mis padres en realidad jamás lo hicieron, al contrario, siempre me apoyaron- aunque originalmente quería estudiar filosofía o ciencias políticas, pero la fila de estas carreras para la preinscripción en la Universidad Central de Venezuela era muy larga, caso contrario a historia. En fin, tenemos etapas, algunos más y otros menos, pero lo importante es darnos un tiempo y pensar nuestra propia “historia” académica. Ángel

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    • Efra1414 Says:

      Diría a este comentario, que seguimos, o muchos estudiantes, entran a estudiar historia, o educación, porque es más fácil de terminar esta carrera, o porque no tuve oportunidad de hacer la carrera universitaria que me gusta. No podemos estudiar la historia por simples supuestos de que no hay otra cosa que estudiar. La historia es igual a cualquier otra ciencia, una de las más importantes para cualquier país del mundo, sin ella el ser humano vive en sumisión, sin anhelos de superación social, económica y política de su país.
      Y si estoy de acuerdo en que las etapas van en función del campo laboral, las etapas pueden variar en relación a lo que queremos estudiar o que remos dedicarnos en el campo de la historia, ya sea docente, investigador, etc.

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  2. Imelda Says:

    Y en la etapa cinco, dónde queda el rol social del historiador ??????

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    • Alfredo Ávila Says:

      El compromiso del historiador está en contribuir a la solución de los problemas sociales, a través de la explicación de los procesos humanos en el tiempo.

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  3. jhonniewalker Says:

    Aquí muchos en el Colegio de Historia de la BUAP se han quedado en la tercera etapa y lamentablemente están vendiendo esa idea a las nuevas generaciones…

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  4. Fco. Javier Elvira Guinda Says:

    Tengo la impresión de que tal vez no todas las etapas sean subsecuentes. Pensando un poco, me puedo visualizar en dos o tres de ellas entremezcladas. Supongo (o quiero suponer) que eso no es necesariamente malo.

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  5. Arturo Says:

    La quinta etapa me recuerda a las matemáticas, será?

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  6. Omaruccio Says:

    No creo que todas las etapas se den en ese orden o que sean la únicas.

    También pareciera que escribe desde una supuesta posición “superior” en la cual dice que usted se encuentra y se expresa con cierta burla y presunción de aquellos que usted identifica en otras etapas.
    Y de alguna manera da la impresión de que se encasilla en su mundo y le quita a la historia una función social al dejarla ver como una simple resolución de problemas. Creo que debería de desarrollar más esa supuesta quinta etapa.

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    • Alfredo Ávila Says:

      Eso que afirma lo digo en el preámbulo de mi breve ensayo. Tiene toda la razón: al verme en la quinta etapa podría asumir que he superado las anteriores. Diré tres cosas: primera, puedo concordar con algunos comentarios en que no son etapas, aunque para mí sí lo fueron en mi desarrollo profesional; segundo, asumo que puedo parecer soberbio, pero es una imputación irrelevante, después de todo, la soberbia es mala si pensamos que es un pecado, y como soy ateo, pues no me preocupa; tercero, la función social no depende de ninguna de las etapas o formas de entender la historia sino del compromiso de cada quién: en realidad, creo que la mejor contribución a la solución de los problemas que nos aquejan es explicarlos, y no inventar cuentos nacionalistas, de clase, raza o de cualesquier otros tipos.

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      • Omaruccio Says:

        Eso último debió ponerlo en el texto principal: La función social de la historia dependerá del criterio personal de cada historiador o visión del centro de estudios.
        En lo personal tampoco concuerdo con los “cuentos nacionalistas” o “de raza”, pero no desdeñaría los estudios que aun se hacen sobre clases sociales y para solucionar los problemas de las clases subalternas.

        Por otra parte, no todos los “desmitificadores” (refiriéndome a otro escrito en este blog, donde hace referencia P. Salmerón) son sólo contadores de patrañas que buscan hacerse fama y dinero a partir de supuestas críticas a la historia oficial. En mi caso estoy trabajando sobre la construcción del mito de Miguel Hidalgo en el nacionalismo mexicano. Aunque no es una investigación planteada para mostrar a un “verdadero” Hidalgo, sino para mostrar cómo y para qué se han construido los mitos y héroes en la construcción de la nación (o imaginario nacional).

        Creo que el desmontar estos mitos y explicar una visión de cómo ha funcionado la historia selectiva desde el poder, nos podrá ayudar a desprendernos de ese oficialismo de la historia y el lector no especializado podrá iniciar el camino hacia una comprensión crítica de la historia alejada de los falsos héroe y visiones mesiánicas. En la medida en que terminen los mitos y héroes la población sabrá que el cambio histórico depende más de las masas, que de un simple “mesías”.
        Parafraseando a Hobsbawm, mencionaba éste que una de las más bellas tareas del historiador es ser un peligro para los mitos nacionales, puesto que si no somos capaces de contrarrestar los usos de la historia oficial, entonces somos parcialmente culpables de los abusos que se hagan a nombre de ella.

  7. Lastra Says:

    Pues todos se lo tomaron en serio…

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