Las peripecias de un documento

En 2013 se cumplieron doscientos años de la reunión del Congreso Nacional en Chilpancingo. Por alguna razón, las autoridades federales no prestaron mucha atención a la conmemoración, ni siquiera las cámaras federales, pese a que hubieran podido aprovechar la ocasión para recordar que se estaban cumpliendo dos siglos de tareas legislativas en este territorio. Esto no quiere decir que no hubiera habido celebraciones ni actividades que recordaran el establecimiento de la “junta revolucionaria de Chilpancingo”. Entre estas, no deja de llamar la atención las que pusieron más atención al discurso elaborado por José María Morelos como guía para los diputados que al propio Congreso o al Acta de Independencia, promulgada en noviembre de 1813. En efecto, no fueron extraños los programas de radio y televisión, los congresos de académicos y otra clase de celebraciones dedicados a los Sentimientos de la nación. En casi todos ellos, por supuesto, se lamentaba el incumplimiento de algunos de los más destacados postulados del célebre documento morelense, en especial aquel que señalaba “que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Sin duda, las condiciones de enorme desigualdad social en nuestro país y la desconfianza que muchas personas tienen de los políticos hicieron que se extrañara el cumplimiento de aquellos Sentimientos. Esto no quitó el júbilo de las celebraciones, y en no pocos lugares escuchamos que los Sentimientos de la nación fue un documento de enorme importancia para la construcción de nuestro país, que tiene un carácter fundacional, que influyó de manera determinante en el establecimiento de las instituciones y constituciones liberales de nuestro país.
En efecto, si revisamos las constituciones de 1824, 1857 e incluso la de 1917, encontraremos que algunas de las propuestas de los Sentimientos se encuentran allí plasmadas. En la primera Constitución federal se recupera el principio de división de poderes, mientras que la de 1857 hizo realidad aquello de “que las leyes generales comprendas a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados”. La de 1917, por su parte, intentó cumplir precisamente la promesa de mitigar la pobreza, con leyes favorables a obreros y campesinos.
Sin embargo, al revisar los debates de los congresos, los discursos de los diputados constituyentes y la prensa en los momentos en que se elaboraban estas constituciones, los Sentimientos de la nación no aparecen, al menos en lo que respecta a las dos constituciones mencionadas del siglo XIX y a las otras, como las Siete Leyes o las Bases Orgánicas. ¿Cuál es la razón de esta ausencia? La respuesta la podemos encontrar en la historia del documento, del célebre papel redactado por José María Morelos y leído por su secretario Juan Nepomuceno Rosáinz el 14 de septiembre de 1813.
Al parecer, desde agosto de 1813 Morelos ya había elaborado algunas de las ideas que plasmaría en los Sentimientos de la nación. Según testimonio de Guillermo Prieto, el caudillo insurgente comunicó a Andrés Quintana Roo sus propuestas, y le preguntó qué pensaba de ellas. El joven Andrés -quien muchos años después sería protector de Prieto- respondió: ”Digo señor, que Dios lo bendiga a usted, que no me haga caso ni quite una sola palabra de lo que ha dicho… Es admirable…”. Como señalé, los Sentimientos fueron leídos en 14 de septiembre, y después de eso, pese a lo que dijera Quintana Roo, los diputados se dispusieron a meterles mano, quitar palabras y agregar otras.
La historia de las peripecias de este documento la contó hace años Ernesto Lemoine, en el prólogo de la edición del llamado Manuscrito Cárdenas. Merece la pena recordarla.
Tan pronto como Morelos abandonó Chilpancingo para emprender la campaña sobre Acapulco, los diputados se dispusieron a elaborar el primer encargo de los Sentimientos: promulgar una Declaración de Independencia. Sin embargo, la presencia de Ignacio López Rayón en aquella asamblea (quien se manifestó opuesto a la Declaración y no ocultaba su disgusto con Morelos por haberlo reducido a mero diputado luego de comandar la insurgencia), la ausencia del Generalísimo y las precarias condiciones en las que se estaba legislando, hicieron muy pronto que los diputados dejaran de lado algunas de las propuestas de los Sentimientos de la nación y que, incluso, modificaran este documento. Lemoine sugiere que tal vez Carlos María de Bustamante fue quien metió mano al célebre papel, pero me parece que entre los responsables de las modificaciones se encontraban José Manuel de Herrera y Andrés Quintana Roo, y quizá el propio Rayón. El hecho es que para el 21 de noviembre ya habían tachado el artículo sexto, el que preveía la separación de poderes, lo que se agregó al quinto. También hubo tachones en el 11, 14 y 22, y posiblemente se agregó un artículo nuevo, el 23, que solemniza el 16 de septiembre como aniversario de la independencia, pues se encuentra después del nombre y rúbrica de Morelos.
Para finales de 1813, la situación del Congreso era difícil. Algunos diputados, como José María Murguía, se habían retirado, y otros, como el propio Bustamante, lo harían en poco tiempo. Las derrotas que empezaron a sufrir las tropas insurgentes empeoraron la situación. En febrero de 1814, sólo había cinco diputados juntos, que andaban a salto de mata: el doctor José Sixto Verdusco, don José María Liceaga, el joven Andrés Quintana Roo, José Manuel de Herrera y el doctor José María Cos. El 24, el coronel Armijo entró en Tlacotepec. Persiguió a los insurgentes al rancho de las Ánimas, en donde los derrotó. Capturó varios documentos de Morelos y, en particular, del Congreso. Entre esos papeles iban los Sentimientos de la nación.
Como relata Ernesto Lemoine, el virrey Félix María Calleja estaba feliz por la captura de esos papeles. Ordenó a su secretario, Patricio Humana, que los ordenara y que elaborara copias, para el archivo y para mandar a Madrid. De hecho, la versión más conocida de los Sentimientos de la nación, sin artículo sexto y con la adición del 23, es la copia de Humana. Los papeles más importantes quedaron atados en el cuaderno segundo, titulado “Constitución, actas y otros documentos de la junta revolucionaria de Chilpancingo en la Nueva España”. Tiempo después, en 1818, luego del fusilamiento de Morelos y de la disolución del Congreso en Tehuacán, este cuaderno se agregó al proceso que se seguía en contra de Ignacio López Rayón, como constancia de sus actividades como rebelde. Allí quedaron los Sentimientos de la nación por años, sin que se conocieran.
En efecto, cuando México se convirtió en un país independiente, nadie más habló de los Sentimientos de la nación. En 1823 y 1824, cuando se estaba constituyendo la república federal, ningún diputado se acordó de las labores constituyentes de la década anterior. Carlos María de Bustamante, quien fue diputado en ambas asambleas, se quejó de esto. En su periódico La avispa de Chilpancingo sugirió que se leyera el Decreto Constitucional de 1814 como referente para la Constitución Federal, pero no dijo una sola palabra de los Sentimientos de su admirado Morelos. Si Bustamante no fue el responsable de los cambios al manuscrito original, se pudiera aventurar la hipótesis de que ni siquiera conoció los Sentimientos, pues en ninguno de sus impresos sobre el Generalísimo ni en el Cuadro histórico los menciona. Quienes, con certeza, sí sabían del documento, eran Herrera y Quintana Roo, pero ambos habían sido colaboradores muy cercanos de Agustín de Iturbide, y muchos los responsabilizaban por haber disuelto el Congreso en octubre de 1822, de modo que no estaban en posición de promover estas ideas.
En 1843, finalmente, Carlos María de Bustamante encontró el célebre cuaderno segundo, pero no puso mucha atención a los Sentimientos de la nación, que no menciona, y sí al discurso que aparentemente leyó el propio Morelos en la sesión inaugural del Congreso de Chilpancingo y que tanto el virrey como Lucas Alamán aseguraron que era de autoría del mismo Bustamante. Alamán también consultó el cuaderno segundo, en el expediente de la causa de López Rayón, y fue el primer historiador en ponderarlo e incluirlo en el relato de la apertura del Congreso de Chilpancingo. Tras él, varios historiadores más lo recuperaron, pero de nuevo el documento fue perdido de vista.
Al parecer, hacia 1856 Ignacio López Rayón hijo, encargado del Archivo Nacional, se encontraba elaborando una biografía de su padre y sustrajo los documentos del repositorio. En la segunda mitad del siglo XIX, cuando los historiadores consultaban los Sentimientos de la nación, usaban la copia del secretario del virrey, aquella a la que le falta el artículo sexto. De hecho, esta es la versión que Juan Hernández y Dávalos incluyó en su Colección de documentos, y sin duda es la más conocida.
Ernesto Lemoine supone que algún descendiente de Rayón vendió los documentos al historiador Luis Chávez Orozco, quien los regaló al presidente Lázaro Cárdenas en 1937. Hacia 1965, gracias a Antonio Martínez Báez y a Ernesto Lemoine, estos documentos fueron dados a conocer, precisamente como Manuscrito Cárdenas, aunque la edición facsímil de los mismos no se hizo hasta 1980.
¿Cómo es posible, entonces, que el documento de los Sentimientos de la nación fuera fundamento de las constituciones liberales de México? La verdad es que no lo fue. La división de poderes de la Constitución de 1824 respondió a una tendencia muy generalizada a comienzos del siglo XIX en todo el constitucionalismo atlántico. Las discusiones en la época no pasaban tanto por si los poderes debían o no estar separados sino más bien sobre el peso que se le debía otorgar a cada uno. La igualdad ante la ley garantizada en la Constitución de 1857 y el desconocimiento de los privilegios corporativos del clero coincidían con el artículo 13 de los Sentimientos, pero esto se debía más al conflicto que vivía la Generación de la Reforma que al pensamiento morelense, intolerante en materia religiosa y defensor de las prerrogativas eclesiásticas.
Si después más de doscientos años, en nuestro país no se ha mitigado la opulencia ni la indigencia, si sigue pareciendo que hay cuerpos privilegiados que están por encima de la ley, si las leyes no mueven al patriotismo, como quería Morelos, tal vez se debe precisamente a que durante años el documento fue desconocido y a que la versión completa, la original, sólo se divulgó desde hace pocas décadas.

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