Los congresos académicos

25 octubre, 2014

Crítica, Historia, Historiadores

Una práctica académica muy frecuente es la realización de congresos y coloquios, de los cuales —también cada vez con mayor frecuencia— suelen resultar libros colectivos que sólo leen los que colaboraron en ellos y un reducido grupo de colegas. Por supuesto, nadie puede negar la importancia de hacer reuniones con colegas, intercambiar puntos de vista, discutir, aprender unos de otros. Muchas de estas reuniones juntan a historiadores de distintas partes del mundo, lo cual es todavía más estimulante, en especial para los académicos a los que les toca viajar a un país extranjero.

Sin embargo, veo con preocupación que cada vez hay más reuniones de historiadores que son aprovechadas sólo para acrecentar el curriculum y para hacer turismo académico. Recuerdo hace tiempo una reunión en España, de las que cobran inscripción, en la que presencié una mesa de colegas todos mexicanos y ¡de la misma institución! ¿Qué no podían intercambiar los resultados de sus investigaciones cuando se hallaban en su institución? ¿Por qué viajar nueve mil quilómetros -con cargo al presupuesto público- para presentar un “paper” de quince minutos a colegas a los que ven casi todos los días?

Se me puede decir que esos son abusos y que los responsables son los que aceptan entrar a esos juegos, como aquellos que no preparan ponencias y llegan a los congresos internacionales a echarse un rollito de lugares comunes, confiados en que ningún asistente los cuestionará (eso está muy mal visto, pues pueden acusar al académico criticón de grosero y de buscapleitos). Eso sí, al final del día, el ponente farsante no sólo obtuvo recursos para pasearse por alguna bonita ciudad extranjera sino que tiene un papelito que comprueba su participación en una importante reunión.

Insisto, esos son casos de malos historiadores, que siempre hay. Sin embargo, también hay problemas que podemos llamar intrínsecos en la organización de muchas reuniones académicas. Basta ver los programas de algunas de ellas para percatarnos de que los ponentes tienen quince minutos para exponer (una vez vi a un profesor gastarse la mitad de esos quince minutos agradeciendo a sus anfitriones la oportunidad de estar en una ciudad por la que sentía especial aprecio) y no quedará tiempo para la discusión. ¿Para qué reunirse, entonces?

En la más reciente reunión a la que asistí (y en la que participé) escuché las sabias palabras de Carlos Herrejón. Extraordinario, como siempre, recordó en una respuesta a una pregunta del público que él ya había probado documentalmente que aquello de que Miguel Hidalgo gritó el 16 de septiembre de 1810 unos vivas a Fernando VII, era una completa falsedad. Más modesto y temeroso, yo procuré mostrar que hay muchos indicios de que los constituyentes de Apatzingán no conocieron la Constitución de Estados Unidos de 1787. En la siguiente mesa, el primer ponente empezó su charla diciendo que él tenía por verdadero padre de la independencia a Morelos, pues todos sabían que Hidalgo había gritado Viva Fernando VII cuando empezó su rebelión. ¿No escuchó a Herrejón? Y si no estaba de acuerdo con Herrejón ¿no debió haberlo señalado? Por desgracia, el moderador tampoco llamó la atención sobre el punto y —como suele ocurrir— no hubo tiempo de discutir después de terminadas las ponencias de esa mesa. Por último, otro ponente —un académico con mucho prestigio— afirmó que la definición de soberanía popular de la Constitución de Apatzingán estaba claramente tomada de la que estaba en la Constitución estadounidense. Por alguna razón que no entiendo, no señaló que con ese comentario me estaba criticando. O no quiso humillarme al mostrar mi error o simplemente no puso atención cuando yo estaba diciendo justo lo opuesto a lo que él llegó a afirmar.

Al llegar a mi casa volví a preguntarme para qué sirven esta clase de reuinones. Me metí a mi biblioteca. Leí la definición de soberanía que hace doscientos años los constituyentes de Apatzingán redactaron y, sólo por no dejar, releí el documento que en Filadelfia firmaron los representantes de los Trece Estados Unidos, para constatar lo que ya sabía: nunca hicieron una definición de la soberanía popular.

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4 comentarios en “Los congresos académicos”

  1. Omar Says:

    Muy buena crítica hacia una de las tantas prácticas viciadas en el oficio de historiador. Cabe señalar que esto también ocurre desde los congresos y/o encuentros de estudiantes de historia, los cuales se desarrollan como fiestas de una semana completa donde el sentido de discusión, aportes, postura crítica y convicción por la investigación quedan, cuando bien les va, en segundo lugar.
    Recuerdo hace tres años que asistí a un Encuentro Latinoamericano de Estudiantes de Historia (ELEH) y durante la Plenaria (reunión de hippies con resaca) hubo quejas de que el evento había sido muy académico y que eso chocaba con el objetivo principal del ELEH, el cual era una convivencia entre futuros historiadores. En fin…

    Por otra parte, en lo que respecta al asunto de la soberanía popular incluida en la Const. de Apatzingán. Si ésta no fue retomada de la Const. de EUA, entonces fue de Cádiz? También quisiera preguntarle si por soberanía popular se entiende que la soberanía recaía en la Nación, y si es así, ¿fue esta la influencia de Cádiz?

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    • Alfredo Ávila Says:

      Omar: en realidad, yo me opongo a la noción de “influencias”. Prefiero ver las lecturas de los constituyentes, y entre éstas se cuenta, en efecto, la Constitución de Cádiz, el proyecto de Constitución de Cádiz (que tenía sustanciales diferencias), El espectador sevillano, de Alberto Lista, y algunas otras.

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  2. Andrea Guerrero M (@Andreag1086) Says:

    Excelente!
    Yo le agregaría lo referente a que van a los mismos eventos todos los años y repiten lo mismo sin cambiar una coma en sus intervenciones.

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  3. Natalia Silva Prada Says:

    Me encantó tu post, Alfredo. Llevamos años pensando en esto pero casi nadie se atreve a decirlo en voz alta por temor a ser criticado o considerado un huraño. Si es una oportunidad para viajar estamos contribuyendo al desfalco del erario público. Si es para estrechar lazos académicos, sirve un poquito, no mucho. Pero lo peor es que el intercambio, el real intercambio académico, que debería ser la clave de los congresos, es lo que menos ocurre en estas sesiones: por falta de tiempo, por desinteres, por reiteracion de lo mismo. Esta practica debería sustituirse por pequeños encuentros entre gente verdaderamente interesada en oir al otro y por videoconferencias. Bueno, de nuestro ultimo encuentro en Chicago yo aproveche mucho y todo el dinero salio de mi bolsillo. PD: tambien deberian ser mas criticos en la seleccion de los conferencistas estrellas.

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